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viernes, 14 de enero de 2011

Sesión 2: Fallcrest, la gema cambia de manos

Todos se quedaron callados unos segundos, ante las palabras de Erevan.

Korben- Ahora que dices eso... ¿Habéis visto a alguien hoy en la posada?, ni siquiera está la posadera, no es extraño?

Bastet- Bueno, hoy es día de mercado, es normal que no haya mucha gente por aquí

Tanar- Ni siquiera la posadera? No recuerdo que nos trajera la comida, tampoco.

El silencio se apodera de la estancia, mientras todos piensan en lo extraño de la situación

Korben- Alguno de vosotros recuerda como hemos llegado aquí?

Bastet- yo lo último que recuerdo es como Tanar cogió el Orbe y se desmayó

Korben- Bueno, es normal que tu memoria se viera afectada por coger el Orbe, tiene mucho poder.

Erevan- Sí, es cierto, pero... yo tampoco recuerdo como he llegado al salón, ni como me he despertado, ni siquiera si me he dado un baño

Korben- Eso sí que es raro, yo tampoco lo recuerdo... y... ¿que hicimos con los cadáveres? alguien lo recuerda?, porque estoy convencido de que no habríamos dormido con ellos, no creéis?

Bastet- Desde luego está pasando algo realmente extraño. Veamos qué es lo último que recordamos con claridad.

Korben- Nos atacaron en el cuarto y cuando nos salvaste te di el orbe y... ¡El Orbe!- Korben busca entre sus ropas y no lo encuentra- ¡El Orbe ha desaparecido!

Bastet- Tranquilo, igual se quedo en el cuarto cuando Tanar y yo lo utilizamos.

Korben- Eso es imposible! Nunca lo hubiera dejado tirado por ahí, como si no tuviera ningún valor! ¿Crees que sería así de descuidado? Me extraña, incluso, que te lo dejara a ti sola... ciertamente extraño, dice como para sí mismo mientras se sume momentáneamente en sus pensamientos

Bastet- Entonces... el último acontecimiento normal que ocurrió fue... ¡Y si seguimos en la habitación?, y si no os he salvado? y si

Korben- Entonces podrían coger el Orbe a sus anchas, hay que hacer algo, dice levantándose encolerizado

Bastet- Pero qué?

Korben- No sé, pero algo, y rápido.

Bastet piensa en que pasaría si salieran de la habitación, y se encamina hacia el agujero que quedó en la pared tras el ataque de los Goblins. Una vez atraviesa el agujero, desaparece, y todos los demás la siguen, viendo claro que es el camino a seguir.

Bastet abre los ojos, de repente se encuentra dentro de su cuerpo, analiza rápidamente la situación y se ve a sí misma en el aire, justo después de matar a los dos primeros encapuchados, cuando saltaba hacia el que estaba atacando a Tanar, el que mantenía a los tres hechizados había lanzado otro hechizo ayudado por su mano izquierda, que mantenía frente a Bastet, para retenerla a ella también. Bastet intenta moverse pero no puede, mientras ve al cuarto encapuchado, un asesino, rebuscando entre sus cosas, ya ha revuelto las de Tanar, quedan las de Erevan y las de Korben, y si llega a eso, todo se habrá acabado.

El brujo se da cuenta de que está consciente y fortalece el hechizo, pero se puede ver el miedo en su rostro al descubrirlo, cuando los otros tres abren los ojos, y empiezan a oponer resistencia, su miedo se acentúa, pero sigue intentando reforzar los hechizos. Tanar consigue liberarse, y se lanza directamente contra él, el brujo, muerto de miedo le frena, y acto seguido, con un movimiento de sus brazos, desaparece en humo, Tanar lanza un grito de furia y frustración y se da la vuelta para encarar al asesino, que ya rebuscaba entre las cosas de Erevan, y al oír el grito se vuelve hacia él. Todos quedan liberados, y mientras Bastet cae al suelo, puede percibir un emblema que se vislumbra ligeramente entre los pliegues de la túnica, es un asesino del gremio de los cuchillos de fuego, problemas.

El asesino saca un puñal con un brillo azulado y se dirige directamente a Korben, antes de que ninguno de los presentes pueda siquiera reaccionar, lanza el cuchillo, que se clava en el pecho de Korben, haciendo que este caiga al suelo, mal herido y con la sangre empapando su camisa. La rabia de Tanar va en aumento, se mueve para golpear al asesino, pero éste, con una agilidad sorprendente, salta y se cuela por el hueco, de menos de medio metro cuadrado que queda libre entre Tanar, y el marco superior de la ventana. Tanar golpea a la nada y junto con Bastet, se acerca a la ventana para ver al asesino. Está sobre el tejado, encarando la ventana con determinación y una daga en cada mano. Bastet lanza dos dagas, una a dar, y otra a las tejas bajo sus pies para desestabilizarle, pero la habilidad del asesino es impresionante, ni se inmuta cuando su pié empieza a deslizarse, simplemente lo levanta y cambia de posición, mientras utiliza una daga para desviar la de Bastet. Entonces suena un gallo. El día despunta, y se puede apreciar como el movimiento y la vida empiezan a asomar en la ciudad. Es día de mercado, y mucha gente sale de sus casas para encaminarse hacia la plaza del pueblo. El asesino duda, guarda las dagas y hace una especie de conjuro por el cual se desdobla, uno salta a la calle y echa a correr y el otro empieza a saltar por los tejados, Tanar y Bastet se miran, miran a Korben, y a Erevan, y tras tomar todos la decisión en silencio, salen por la ventana mientras Erevan les dice que él se encarga de Korben, que atrapemos al asesino.

Bastet persigue al que va por los tejados, corriendo y saltando como si la vida le fuera en ello, es bueno, piensa, pero no se escapará. Saltando de tejado en tejado, ayudándose de las chimeneas, los recovecos y hasta de los mástiles de las banderas, tiene lugar una reñida persecución y el asesino se da cuenta de que su rival es mucho mejor de lo que esperaba. Llegado un punto en el que ambos corren paralelamente a ambos lados de una calle, Bastet se da cuenta de que su objetivo final es la cascada que hay en mitad del pueblo, si llega hasta ese punto, no será capaz de seguirlo. Por suerte, para llegar hasta allí, debe pasar por delante de ella, acortando la distancia que los separa. El asesino intenta por todos los medios ganarle espacio a Bastet, al ver que no va a poder librarse de ella saca un silbato de un bolsillo y lo sopla con fuerza, aunque éste no emite ningún sonido, tras guardarlo gira y realiza un fascinante salto acrobático que lo deposita a tan solo unos metros de distancia de nuestra heroína, que dobla sus esfuerzos para alcanzarle; y casi puede agarrar su capa antes de que el asesino de un portentoso salto se sitúe en la azotea de un edificio a 8 metros de distancia, Bastet lo sigue, pero no logra un buen apoyo y cae sobre los adoquines de la calle. Cabreada, Bastet se levanta y salta sobre el tejado y ve a su objetivo saltando ya al siguiente edificio “no se escapará”, piensa y sigue corriendo, como alma que lleva el diablo, cuando, de repente, recibe un ataque; sorprendida, intenta centrar su atención en el asesino mientras evalúa la situación, más de media docena de enemigos buscan detenerla, pero ella sabe que si frena el paso perderá a su objetivo. Durante los siguientes 50 metros Bastet salta de los tejados a la calle y de la calle a los tejados mientras recibe golpes y se concentra plenamente en su carrera, le pasará factura, pero no piensa perder a ese cabrón. Una vez dejados atrás los enemigos Bastet ve que unos metros más adelante se acaban los tejados dando paso a un gran espacio vacío, saca fuerzas de flaqueza para dar alcance al asesino y cuando está tan sólo a unos metro de él, ve como desaparece por el borde del tejado, se acerca corriendo y frena en seco, poniendo todos sus sentidos en la plaza atestada de gente que tiene delante, observa, observa y ¡te tengo!, piensa al ver al otro lado de la plaza una alcantarilla medio abierta que se va cerrando lentamente.

Por su lado, Tanar encaraba una situación frustrante y complicada, perseguía al asesino por las calles atestadas de gente, mientras veía como éste le ganaba terreno paso a paso, evadiendo ágilmente a toda la gente, y no sólo eso, se había dado cuenta de que el aspecto del asesino cambiaba constantemente, si le perdía de vista aunque fuera un momento, ni siquiera podría reconocerlo. Según se acercaban al centro del pueblo y la cantidad de gente era cada vez mayor, dejó a un lado los miramientos y se empezó a quitar de encima a los aldeanos con rápidos movimientos de sus manos, estaba seguro de que alguno acabaría con una contusión, pero su objetivo era más importante que ninguno de esos molestos personajes. Mientras se abría paso por las calles su cólera aumentaba por momentos, cuando le pusiera las manos encima se iba a enterar ese. Llegaron a una calle en cuesta, había demasiada gente y el asesino estaba demasiado cerca de salir de su campo de visión, echó mano de toda su ira, agarró el hacha con la mano derecha, mostrándola amenazadoramente y lanzó lo que sólo puede describirse como un alarido. Todo el que pudo oírlo sintió como se le helaba la sangre y empezó a correr en masa intentando escapar del monstruo que corría enajenado sin motivo aparente. Esto le dio a Tanar espacio para correr sin problemas, e incluso frenó al asesino, incapaz de evitar que la avalancha le hiciera tropezar. Corriendo entre la multitud, Tanar notó un pinchazo en el costado, alguien debía haberle clavado un puñal o algo, borró el pensamiento de la mente y siguió enfocado en su objetivo, al menos recibió media docena de ataques, pero no debía detenerse, no podía hacerlo, lo único realmente importante estaba delante de él. Con la vista clavada en el asesino y todo su ser enfocado en correr, llegó a una plaza, había unos puestos del mercado atravesándola de lado a lado, y allí fue donde vio como el asesino desaparecía. Tanar, depositando toda su fe en poder encontrarlo, se puso de pié sobre uno de los puestos y observó atento la plaza, sabía que no podría reconocerlo, pero tal vez algo pudiera delatar su paradero. Al otro lado de la plaza, en la esquina izquierda parecía haber una porción de espacio desocupado, y toda la gente alrededor, miraba con desconcierto hacia el suelo. Tanar esbozó una sonrisa, y se lanzo a través de la plaza. Cuando llegó a la esquina vio una tapa de alcantarilla, la levantó con una mano, y bajó a la oscuridad. Una vez allí, vio una figura agazapada y sin dudarlo lanzó su hacha, que una vez más, golpeó el aire, a punto estuvo de gritar de pura rabia, pero una voz conocida le dijo al oído, ¿quieres matarme, o qué?, y cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la oscuridad vio a Bastet, que con gestos le indicaba un corredor y le decía que no hiciera ruido. Parecía estar teniendo lugar una conversación más adelante.

Mientras Bastet y Tanar corrían por la ciudad, Erevan se enfrentaba a una situación arduo complicada, les había dicho a sus compañeros que se ocuparía de Korben, pero sabía bien que iba a ser difícil. Había reconocido al asesino como perteneciente a los cuchillos de fuego, y sin duda la daga estaba envenenada, no sólo eso, los cuchillos de fuego eran famosos por usar dagas con hechizos mágicos específicos para cada víctima, y sería un hechizo de un nivel muy superior al suyo. Mientras trataba de pensar en cómo solucionar la situación, le sacó a Korben la daga del pecho, cuanto más tiempo la tuviera clavada, mayor sería el daño producido por el hechizo. Hizo presión sobre la herida intentando evitar que se desangrara, pero por la cantidad de sangre que veía no iba a durar mucho si no hacía algo rápido. A sabiendas de que no había nada que él pudiera hacer, intentaba buscar una forma de curar a su compañero, entonces vio, por el rabillo del ojo, un brillo procedente de la mochila de Korben, era el orbe, que parecía llamarle fervientemente.

Lo cogió con la mano libre, e instantáneamente supo que encontraría la solución. De repente, una imagen vino a su mente. Elminster, portando el orbe en su mano, se encontraba erguido a orillas del mar Astral, había unas figuras dibujadas en el aire, pero no se distinguían claramente, y pudo darse cuenta de que se trataban de los dioses de Faerum. Elminster les contaba sus sospechas de que Tharizdun no estaba muerto, y que la muerte de Shothragot sólo indicaba que había dejado de serle útil, y que muy posiblemente Tharizdun tuviera un nuevo avatar con el que llevar a cabo su plan, aprovechándose de que todos habían bajado la guardia. Del mismo modo, instaba a los Dioses a hacer algo para truncar los planes de Tharizdun antes de que fuera demasiado tarde. Pero a pesar de sus esfuerzos, sólo cuatro de los dioses de Faerum creyeron sus palabras, y le dijeron, que al día siguiente nacerían cuatro bebés. Éstos poseerían las aptitudes necesarias para enfrentarse a lo que estuviera por venir.

Erevan se encontró de nuevo en la habitación y sintió un leve mareo, volvió a enfocarse en lo que estaba haciendo, intentando descubrir que podía hacer para salvar a su compañero, entonces se dio cuenta de que si el orbe estaba formado por luz primordial esto debería permitirle restablecer el cuerpo de Korben a su estado original, lo cual, evidentemente, lo sanaría. Puso el Orbe delante de él, y pudo observar que a través de él podía ver las cosas de manera diferente, no lo que había, sino también percepciones de vida. Colocó el Orbe sobre la herida, y concentró todos sus pensamientos y emociones en el concepto de reparación. El orbe brillo con una intensidad cegadora y cuando la luz se fue apagando supo, incluso antes de verlo con sus propios ojos, que lo había conseguido. Se relajó con una mezcla de paz y felicidad envolviéndole y percibió, procedente de la gema, un ligero sentimiento de aprobación.

Con el trabajo hecho y un objeto de semejante poder en sus manos, se levantó intentando explorar las posibilidades del orbe. Observó las cosas a través de él, se dirigió a la ventana y se dio cuenta que al ver a una persona a través del orbe podía ver sus pensamientos más íntimos, también sus miedos e inquietudes, si así lo deseaba. La sensación de poder le hizo desear más, que más podría hacer aquel objeto? Puso el Orbe delante suyo apuntando a la ciudad y pensó en Tanar y en Bastet, y en un instante dos llamas de luz azul que se desplazaban a gran velocidad aparecieron ante sus ojos, una saltaba por los tejados, la otra corría por las calles. Una sonrisa se dibujó en su cara. Ahora, a ver si...? De repente, notó una presencia, arriba a la izquierda, se giró y miró a través del orbe, y se apoderó de él una especie de pánico, algo intentaba arrastrarle, algo muy poderoso intentaba meterse en su mente. Intentó soltar el orbe, hizo uso de toda su voluntad, pero no fue suficiente, supo en ese instante que Korben habría podido soltarlo, y por un momento casi se deja vencer por el miedo. Entonces se dio cuenta de que si no podía hacer nada para evitarlo, lo mejor sería dejarse llevar, y pensó en qué era lo que hacía él cuando se sentía estresado. Se relajó, y pensó en una mañana de primavera, en el campo, comiéndose una manzana un poco ácida recién cogida de un árbol. Pudo notar como si una corriente lo atravesara y después la presión cedió. Respiró hondo y miró al orbe con respeto, mientras ésta le decía, “no está mal, puede que seas un buen portador”. Pensó en Korben, y supo que todo lo que usaría él sería su voluntad, y que eso no sería suficiente contra ese extraordinario poder. Esto suponía un verdadero peligro para todos, pero como podría decirle tal cosa a Korben? No es que fuera muy dado a escuchar explicaciones a este respecto.

Tus amigos te necesitan, dijo la gema en su mente. Erevan salió de sus pensamientos desconcertado. Qué?, preguntó. Tus amigos te necesitan, repitió. En unos minutos estarán en grave peligro, y están al otro lado de la ciudad.

Erevan se gira dispuesto a salir corriendo, en ese momento ve a Korben que se acaba de despertar, su rostro pasa del desconcierto a la rabia en un instante, ha visto que Erevan tiene el orbe en la mano y lleno de ira irracional le grita que se la devuelva. Erevan no tiene tiempo para explicarle las cosas, le dice que tiene que irse, que tiene prisa, que no debe devolverle el orbe y que volverá en cuanto haya acabado su tarea, mientras, le esquiva grácilmente y sale por la puerta. Korben le persigue por el pasillo y las escaleras de la posada, llamándole ladrón, e incapaz de pensar en otra cosa que no sea que el orbe no está en su posesión, agarra el martillo e intenta golpear a Erevan, quien le lanza un hechizo para inmovilizarle. Korben, incapaz de moverse, sigue gritando improperios hacia Erevan mientras este sale de la posada intentando, en vano, decir algo que hiciera entender a Korben su urgencia.

Una vez fuera de la posada, empieza a correr hacia lo que le parece el objetivo común de las dos llamas azules que se desplazan en la lejanía. Para evitar las mayores concentraciones de gente, se desplaza al Feywild y avanza, siempre que puede, unos cuantos metros sin obstáculos, necesita avanzar lo más rápido posible, no queda mucho tiempo, y parece que sus compañeros están llegando a su destino. Casi sin aire, llega a la alcantarilla, sorprendiendo a Bastet y Tanar que le miran con extrañeza, con susurros casi inaudibles y gestos, les hace entender que Korben está bien y que había ido hasta allí para ayudarles. Entonces Bastet decide adentrarse por los túneles para poder escuchar la conversación que está teniendo lugar, es prioritario saber cómo y porqué han ido a por ellos.

- Me estás diciendo que no has conseguido traer el objeto?

- Eran más fuertes de lo que supusimos en un principio, pero el enano debe estar muerto

- Debe? Debe?, ni siquiera sabes eso?

- Es imposible que sobreviva a esa puñalada, pero no le vi morir.

- Esto es un desastre, quieres acabar con nuestra reputación para siempre? Que quieres, otro suceso como el de Azoun IV?

- No, claro que no, pero no teníamos información sobre sus compañeros

- Me estás diciendo que 4 personajes salidos de la nada son un problema para los cuchillos de fuego?

- No, no, pero pudieron con el hechizo de Kalarel en tan sólo un par de minutos. Y había una jodida acróbata, y un puto Uthgardt, Como iba yo a prever eso?

- Una acróbata? Un Uthgardt?, parece que realmente nuestra información era incompleta, pero bueno, ahora ya sabes lo que hay, y lo que hay que hacer.

- Sí, volveré esta noche, y conseguiré mi objetivo como sea.

Bastet nota que uno de ellos se dirige hacia ella, e intenta retroceder y esconderse para no ser vista, pero cuando el asesino da la vuelta a la esquina, apenas tarda un par de segundos en detectarla. Al verla, da la vuelta y echa a correr, perdiéndose nuevamente tras la esquina.

Bastet grita al grupo que es momento de atacar mientras echa a correr tras el asesino, Tanar la sigue, y Erevan, quejándose por el olor y la suciedad, toma un pasillo paralelo. Al dar la vuelta a la esquina Bastet se encuentra con el jefe y dos esbirros, que aún están intentando entender que está pasando, mientras ve como el asesino se aleja corriendo. Con ayuda de Tanar, vencen a los tres en tan solo unos minutos, y amenazan al jefe para que les cuente lo que sabe. El jefe se ríe, diciendo que será una bendición morir a sus manos, en comparación con lo que le harían los del gremio. A lo que Tanar contesta, con un tono áspero y una voz pausada, que una muerte rápida será lo que consiga si habla, si no, lo dejarán en libertad asegurándose de que todo el mundo piense que ha hablado. Por primera vez el rostro del jefe muestra duda y miedo, y Tanar no deja escapar el momento de debilidad instándole a que hable. Buscaban a Korben, pero no sabía a ciencia cierta quién les había contratado, eso sí, el Orbe era tan prioritario como su muerte, y alguna relación tenía con Netheril, pues desde allí les informaban del paradero de Korben. Cuando estuvieron convencidos de que no tenía más información, Tanar apretó su garganta con la mano. Antes de morir, dijo con desprecio “vuestra muerta será mucho más cruenta que la mía”.

Una vez acabaron, siguieron el camino que había seguido el asesino, se lo encontraron en el suelo llorando y diciendo incoherencias, tal como si tuviera 8 años y un miedo atroz a que le pegaran. Observándole divertido estaba Erevan, que lo había esperado en una esquina y le había lanzado de improviso un hechizo de “pájaros en la cabeza”.

Sollozando desesperado alzó la vista y su expresión cambió de repente.

- Bastet? Bastet, por favor, no dejes que me peguen más, por favor

- Sulan? Eres tú?

- Por favor, Bastet

Bastet se da cuenta de que, en su cabeza, Sulan cree estar en Westgate, a los 8 años de edad, cuando ellos estudiaban juntos. Había pasado mucho tiempo desde entonces, los compañeros siempre se metían con él, y le pegaban, y ella siempre le había protegido, de algún modo, era lo más parecido a un hermano que había tenido. Luego, él siempre la había seguido, la siguió cuando se metió en los cuchillos de fuego, y durante su entrenamiento, cada una de las elecciones que ella había tomado, él las había tomado detrás. Hasta aquel día, en que ella decidió dejarlo todo atrás y seguir su propio camino.

- Tranquilo, Sulan, no permitiré que te pase nada malo.

- Bastet, Bastet, no me dejes

- Tranquilo, Sulan, pero tienes que decirme que hacías aquí, por qué debías matar al Enano

- Enano?, ah!, era un encargo del gremio, ha cambiado mucho desde que te fuiste y... Porque te fuiste, Bastet? Por qué me dejaste solo?- dice sollozando de nuevo

- Tuve que hacerlo, Sulan, pero dime, porque dices que el gremio ha cambiado?

- Ya no hay igualdad en las ofertas que se aceptan, se rechazan trabajos perfectamente válidos y se aceptan demasiados demasiados trabajos de… si hubieras estado tú, entonces tal vez podrías haber hecho algo, oh, como te he echado de menos, Bastet. Por qué tuviste que irte?

- Es una larga historia, Sulan, pero tal vez ha ido a peor…, y dime, de quién se aceptan demasiados trabajos?

- De Netheril, y sobre todo contra Cormir, algo está podrido en el gremio, Bastet, algo muy malo está pasando, tienes que ayudarme. Tienes que venir a Westgate y ayudarme a arreglar esto.

- Te prometo que haré lo que pueda por ayudarte, Sulan, sabes que puedes confiar en mí.

- Oh, Bastet, no sabes lo contento que estoy de verte, si tu vienes todo se arreglará, seguro.

- Pero ahora tenemos que arreglar este asunto, Sulan, qué puedes contarme sobre este encargo?

- Debéis iros de aquí cuanto antes, ya sabes las normas del gremio, no pararán hasta conseguir su objetivo.

- Lo sé, nos iremos de la posada cuanto antes. Sabes algo que nos pueda ser de utilidad?

- No sé nada, sólo me dijeron donde estaría el enano y que debía coger la gema y entregársela a Kalarel. En principio sólo iba acompañado de un mago. A última hora nos informaron de que tenía otros dos acompañantes, pero sin datos concretos.

- Y de donde sacabais esa información?

- Alguien desde Netheril nos informaba.

- Está bien, ahora debemos irnos, tú debes montar una ofensiva y yo tengo que resolver ciertos asuntos, nos veremos en Westgate. Suerte Sulan.

- Nos vemos, Bastet.

Una vez dicho esto, Sulan recorrió 5 pasos, los que le separaban de la salida a la cascada, y desapareció por ella.

Lo dicho por Sulan confirmaba las sospechas de Erevan, habían estado sacando información de Korben a través del orbe, y si éste seguía en su poder, no haría más que ponerlos a todos en peligro. Erevan comentó sus inquietudes con Bastet y Tanar, y decidieron que debían ir a la posada a recoger sus cosas y hablar con Korben. Al llegar allí, no había ni rastro de Korben, así que, tras recoger, van en su busca. Como no saben muy bien donde buscar van al único sitio que les parece ligado a él. El templo de Amaunator. Al llegar preguntaron si había llegado un enano clérigo de Amaunator, la nerviosa respuesta del interlocutor dejó claro a nuestros héroes que Korben debía estar más que nervioso, se encontraba con el Prior en los sótanos, y allí se dirigieron.

Nada más abrir la puerta, Korben, al que parecía bullirle la sangre, se puso en tensión, y en cuando Erevan cruzó el umbral se lanzó violentamente contra él al grito de ladrón. Tanar con un rápido movimiento agarró a Korben por la parte posterior de la armadura y lo izó, dejando que luchara contra el aire mientras Erevan trataba de explicarle como había sucedido todo realmente y porqué tenía el orbe en su poder. Al principio Korben no atendía a razones, pero cuando se dio cuenta de que realmente les habían localizado a través de él, empezó a escuchar con más atención y pensar en el verdadero sentido de las palabras de Erevan. Cuando las explicaciones acabaron Korben se sentía totalmente avergonzado, siempre había pensado que proteger el orbe era su deber, que él era ante todo el portador del orbe, y que nadie podía protegerlo mejor que él… Cuan equivocado estaba! Erevan le animó diciendo que él había sido el único capaz de mantenerlo a salvo durante todos estos años, y no sólo eso, también había conseguido reunirlos a los cuatro, que era la base para poder luchar contra los planes de Tharizdun.

Cuando salen del templo deciden quedarse una noche más en la ciudad, antes de partir hay mucho que hablar y mucho que decidir. Se dirigen hacia la zona este de la ciudad en busca de una nueva posada cuando Bastet capta algo por el rabillo del ojo y al girarse ve a Sulan dirigiéndose a un callejón, les dice a sus compañeros que vuelve en seguida, y desaparece de un salto.

En el callejón Sulan la informó de que Kalarel había partido hacia Winterheaven con la intención de abrir un portal a Netheril e informar sobre ellos. También le recuerda que no deben volver a la posada esa noche, pues el plan de ataque ya está hecho. Bastet le dice que no se preocupe y que le verá en Westgate en cuanta pueda. Dicho esto, los dos desaparecen del callejón.

Una vez alquiladas sus habitaciones en la nueva posada el grupo se reúne para discutir la línea de acción a tomar, así como sacar conclusiones de toda la información que ha ido cayendo en sus manos.

Lo primero que comentan es sobre las gemas de Tharizdun, sabían que eran un total de 333, y según las visiones que habían tenido Cogul Miles poseía 325, así pues le faltaban 7 por encontrar además de la que ellos poseían. Pero también sabían, que hace 24 años, Cogul Miles había aparecido en Hománida sobre un dragón azul anciano y afirmó poseer todas las gemas excepto una. La cosa era extraña y tardaron tiempo en pensar que ese Cogul Miles con una herida de hacha debía proceder del futuro. Si eso era así, y como tras 24 años ellos aún tenían la gema en su poder, ese Cogul Miles debía haber muerto allí, en Hománida, a manos de sus perseguidores, después de que ellos desaparecieran. Pero Pensándolo bien, sus perseguidores debían ser ellos mismos que perseguían a Cogul Miles desde el futuro, pues quien más había que supiera siquiera de este problema, o que tuviese alguna intención de truncar los planes de Tharizdun. Para confirmar esta teoría, debían ir a Mithranor, a buscar el cadáver de Cogul Miles, que sin duda debía hallarse en Hománida.

Por otro lado, no debían permitir que Kalarel abriera un portal a Netheril dentro de las fronteras de Cormir, eso sin duda supondría una posibilidad de ataque sobre el reino que no debería existir. Además, no les interesaba que en Netheril tuvieran más información sobre el grupo, sobre todo teniendo en cuenta la relación que parecía existir entre Netheril y Cogul Miles. Así que sin duda había que ir a Winterheaven y parar a Kalarel. Pero también parecía haber una relación entre Netheril y Westgate, además del hecho de que Bastet había prometido su ayuda a Sulan.

Tres eran los destinos y todos necesarios, pero uno urgía más que el resto, pues si no partían de inmediato tras Kalarel, este podría lograr su objetivo antes de que ellos pudieran hacer nada. Así pues se tomó la decisión de partir a primera hora de la mañana hacia Winterheaven.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Sesión 1: Nacimiento y Muerte

Las Entrañas del Mundo

Un nutrido grupo de mineros Duergar excava la piedra de los cimientos más profundos de la Infraoscuridad, espoleados por los latigazos de sus amos, los elfos oscuros Drow. Uno de los Duergar descubre una pared detrás de la roca natural y al cabo de unas horas se desvela un muro de piedra negra perfectamente pulida. El brillo de las antorchas disminuye visiblemente, como si aquel muro emitiese algún tipo de energía siniestra. Uno de los guardianes drow se acerca al muro y descubre unas inscripciones ininteligibles en la piedra. El miedo se apodera de los enanos y sus guardianes, que parten en busca de ayuda. Un hechicero Drow acude al cabo de unas horas y realiza un ritual para comprender todos los idiomas conocidos. La inscripción comienza a brillar y el hechicero lee en voz alta...

“El tejido mismo de la realidad debe ser despedazado, quemado, sus cenizas esparcidas, hasta que todo sea reducido a la nada, y no quede nadie para recordar la existencia.”

El hechicero retrocede, y el pánico se apodera de su alma. "¡Tharizdun!", repite enloquecido, antes de echar a correr fuera del pasadizo, dejando atrás su bastón y su bolsa de componentes mágicos.

Meses más tarde, una comitiva de altos sacerdotes de Lolth se adentra en las profundidades en dirección al muro. Les escolta una compañía de guerreros y acólitos portando antorchas. Durante este tiempo, se ha excavado una gran sala frente al muro de piedra negra, y los sacerdotes se colocan frente a él formando un semicírculo. Entonan un cántico al únisono, rompiendo el silencio, y dirigen sus manos hacia la piedra pulida. Una línea de luz comienza a dibujarse en la roca, formando el contorno de una puerta doble. Mientras los sacerdotes recuperan el aliento, los guerreros Drow empujan la puerta hacia dentro. Cuando consiguen separar las dos hojas, una sombra de oscuridad
absoluta se filtra inundando la gran sala. Las antorchas se apagan y la sala queda sumida en una negrura antinatural. Los seguidores de Lolth, malvada diosa de las arañas, habitantes de la Infraoscuridad, provistos del don de la infravisión, quedan cegados, y conocen el miedo.

Los altos sacerdotes entonan otro cántico que calma los corazones de la comitiva, y se encaminan hacia la oscuridad al otro lado de la puerta. Se adentran en pasajes de piedra pulida, antigua como el mundo, de color negro como el vacío, y al cabo llegan a la antesala de una estancia gigantesca en el mismo corazón de la Infraoscuridad: un espacio inabarcable se abre ante ellos, y por todos lados, reposando sobre el suelo como una alfombra de locura, contemplan formas imposibles. Ni los más sabios del grupo pueden asegurar si están viendo criaturas desconocidas, completas o despedazadas, o quizá sus órganos desperdigados, amontonados los unos sobre los otros. Lo único que les permite mantenerse firmes es que todas las formas parecen muertas, si alguna vez estuvieron vivas.

La comitiva prosigue el camino hacia el centro de la caverna, hacia una construcción que puede verse vagamente en la distancia, dominando el paisaje de pesadilla. Tras varios minutos, se alza antes ellos un zigurat de basalto, negro, imponente, extraño a todas las civilizaciones que han pisado el mundo natural. El grupo sube la angulosa escali
nata hacia la entrada de la pirámide truncada y desciende hacia lo desconocido.


En el centro del zigurat entran en una estancia octogonal y todos elevan su mirada hacia una criatura monstruosa que yace en su centro; un quiste de limo negro de 80 metros de diámetro, cubierto por incontables tentáculos, que reposan inermes contra el suelo. A su alrededor, una miríada de criaturas aberrantes yacen desperdigadas. Todos están muertos. Uno de los sacerdotes ve una imagen tranquilizadora, cadáveres humanos al fin, que aferran dagas retorcidas y visten túnicas púrpura con el símbolo del Dios Oscuro.

Un grito se extiende por la Infraoscuridad: "¡Shothragot ha muerto! ¡El avatar de Tharizdun ha muerto! ¡Alabados sean los dioses!" El grito llega pronto a la superficie, y todas las criaturas, buenas y malvadas, y todos sus dioses, estallan de júbilo.

Shothragot, avatar de Tharizdun, había muerto. Y sólo podía significar una cosa, el propio Tharizdun,
dios del Reino Exterior, Él de Eterna Oscuridad, el Dios Oscuro, el Dios Encadenado, el Ojo Elemental, había desaparecido para siempre.

Sueños Intranquilos

Todas las criaturas celebraban la muerte de Shothragot henchidas de júbilo, menos una. Elminster, Archimago de Faerun, el mayor de los Sabios, guardián de la Última Gema de Tharizdun, comenzó a tener pesadillas. Pronto descubrió que provenían de la propia Gema, y que las visiones, pues no se trataba de sueños, se intensificaban cuando tocaba la esfera negra del tamaño de un puño.

A través de la Gema, Elminster vio a un erudito de Sigil, de raza Kalashtar, rodeado por una esfera de luz primordial, que entraba en un portal hacia un reino de locura, de formas imposibles. Elminster vio una sombra sobre el erudito, inmensa, grande como un planeta, y la sombra habló y los oídos de Elminster comenzaron a sangrar mientras soñaba con los ojos cerrados, porque cada sílaba de aquella voz era una explosión de poder y de furia. Y la sombra dijo: "¿Quién eres?" Y el erudito respondió "Yo soy Cogul Miles, viajero del multiverso." Y la sombra dijo: "¿Qué haces aquí?" Y el erudito respondió: "Visitar el último lugar de realidad que aún no había visitado." Y la sombra dijo: "Este Reino no forma parte de la realidad, está fuera de ella." Y el erudito dijo: "Eso es imposible." Y la sombra se cernió sobre el mortal, diciendo: "En este Reino es donde habita lo imposible." La sombra derritió la esfera de luz primordial como si estuviera compuesta de ácido, y el erudito fue absorbido por la forma innombrable, liberando un grito desgarrador.

La visión de Elminster terminó en ese punto, pero el Sabio comprendió lo que había visto. Tharizdun no había desparecido, estaba activo y, lo que era más grave, estaba despierto. Por qué había decidido retirar su favor a Shothragot, su avatar durante miles de años, Elminster no lo sabía. Tampoco comprendía por qué había atraído al erudito a su semiplano prisión (pues Tharizdun había mentido al viajero del multiverso, y lo llevó a aquel lugar donde los dioses antiguos le encerraron hace eones; ningún ser vivo había entrado nunca en el Reino Exterior, pues es hostil a toda la existencia). Pero una cosa era cierta, Tharizdun había tenido miles de años para planear la huida de su prisión, y no sería fácil desentrañar sus maquinaciones.

Elminster comunicó sus inquietudes a los dioses, pero sólo cuatro de ellos le escucharon. Un mes más tarde, cuatro bebés nacieron en Faerun, a la misma hora, presagiados por una estrella caída del cielo. Elminster los arrancó de los brazos de sus madres antes de que acabase el día.

Uno de ellos había sido bautizado Tanar, y era hijo de una salvaje Uthgardt, nacido en el Bosque de Winterbole, al noreste del reino de Cormyr. El segundo fue llamado Erevan, y nació en Evereska, una ciudad Eladrin que se encuentra en dos planos simultáneamente, el mundo natural y el Feywild. El tercero era una niña humana, bautizada Bastet, de la que se sabe poco, aparte de que fue encontrada por Elminster en la puerta de un albergue en Westgate. El cuarto era Korben, un enano de alta cuna, hijo del Señor de la Luz Gueor Goremburg, patriarca de Amaunator en Underwatch.

Elminster llevó a los cuatro bebés a Hománida, la fortaleza flotante que domina los Valles, cerca de su hogar, el Valle Sombrío. Durante cuatro años los niños fueron instruidos por los mejores artistas marciales, sacerdotes y pícaros que Elminster conocía. Y Elminster conocía a muchos. Personalmente instruyó a Erevan en el arte de la magia, aunque el joven Eladrin mostró desde siempre un profundo rechazo a aprender la magia más expeditiva, como la de los elementos; él prefería el engaño y la situleza; deseaba obtener resultados alterando la realidad de la forma más leve posible.



Cuando los niños cumplieron cuatro años, Elminster les llevó a la Plaza del Sol, junto a la Lágrima del Sol que le daba nombre: un artefacto de inmenso poder que podía teleportar a cualquier lugar dentro del mundo natural a aquél que probase una gota de la lágrima solar, que flotaba ingrávida sobre el símbolo de Amaunator sobre la piedra. Elminster comenzó explicándoles que su presencia allí no era fortuita, y que estaban siendo instruidos para realizar una tarea de la mayor importancia. Elminster les mostró la Última Gema de Tharizdun, y les habló del Reino Exterior, y de los deseos del Dios Oscuro: destruir la creación y destruirse a sí mismo después, para así acabar con toda la existencia. Pero Elminster no tuvo tiempo de continuar. Un vórtice de energía púrpura estalló sobre Hománida, formando una tormenta antinatural. Al cabo de pocos segundos, un gigantesco dragón azul atravesó el vórtice y aterrizó en la Plaza del Sol, fracturando la piedra con el impacto. Una figura humanoide montaba sobre el inmenso dragón, y al verla, Elminster exclamó: "¡Cogul Miles!" El erudito de Sigil descendió del lomo del dragón y dijo: "El mismo". Elminster dijo: ¡Es imposible!", y Cogul añadió con una sonrisa: "Sí, lo sé." Elminster ordenó a los niños que corrieran, que usaran la Lágrima del Sol y así lo hicieron todos, menos Korben, que no se separaba de su mentor. Cogul dio dos pasos hacia el sabio de Faerun y extendió su mano. "Dame la Gema, Elminster, no tengo mucho tiempo." Cogul miraba a su espalda mientras decía estas palabras, y entonces Korben vio que el erudito estaba herido de gravedad en el costado. Una gran herida de hacha que sangraba profusamente, y que una energía oscura intentaba cerrar, palpitando alrededor de la sangre. Entre toses, Cogul repitió su orden: "Elminster, dame la Gema, ahora. Es la última que queda." Elminster gritó "¡No, no has tenido tiempo de conseguir todas las demás, no puede ser!" y retrocedió, arrastrando a Korben hacia la Lágrima del Sol. Se inclinó hacia el joven enano y le susurró una última orden al oído, mientras le deslizaba la Gema de Tharizdun en su túnica. Cogul no vio el juego de manos de Elminster, pero su paciencia se había agotado. "Sé que tienes la Gema, no tiene sentido discutir. Ahora muere." Cogul levantó su mano derecha de forma casual, y Elminster se desintegró. Korben había probado la Lágrima y ya se estaba desmaterializándose cuando vio morir a su maestro. Gritó de desesperación, y antes de desaparecer, vio que Cogul se daba la vuelta, como para enfrentarse a una amenaza que venía siguiéndole.

Y así acabó la instrucción de los cuatro niños, y así murió Elminster, y así se truncaron todas sus esperanzas de impedir el desencadenamiento de Tharizdun. Porque pasaron 24 años, y los niños habían perdido la memoria.

Visiones de la Oscuridad

Korben apareció en los salones de su padre, Gueor Groremburg, en estado de coma. Sus padres decidieron no separarle de la gema que aferraba con fuerza dentro de su puño, y puede que aquella decisión cambie el destino del universo. Sumido en la oscuridad del coma, Korben tuvo siete visiones en 24 años. En las primeras seis, Cogul Miles encontraba gemas similares a la Gema de Tharizdun en los confines más recónditos del cosmos. Pero en la última visión, Cogul descendió a las profundidades de la Infraoscuridad y halló el cadáver de Shothragot, y bajo su cuerpo monstruoso encontró 319 gemas. La fuerza de esta visión golpeó la mente de Korben con una energía física. Korben vio la sonrisa triunfante de Cogul Miles antes de despertar entre gritos de pánico. El noble enano había recuperado toda su memoria, y sabía lo que tenía que hacer.

Korben comenzó buscando a Tanar en el bosque de Winterbole, pero le dijeron que hacía años que había abandonado su poblado, buscando su destino en las ciudades civilizadas. Posiblemente le encontrase en alguna taberna, enzarzado en alguna buena pelea. Korben se dirigió a Evereska, hogar de Erevan, y le dijeron que había partido hacía pocos meses, aburrido de la vida en la ciudad. En el Camino del Rey, semanas después, Korben se topó una buena mañana con una escena peculiar: un grupo de bandidos gritaba de terror, agitando los brazos en el aire como si estuvieran cayendo en un foso; otros intentaban zafarse de alguna criatura invisible que volaba a su alrededor, mientras un último bandido acuchillaba a sus compañeros de fechorías con los ojos inyectados en sangre. Korben vio momentos después que un viajero disfrutaba también del espectáculo al borde del camino, sentado a la sombra de un roble mientras comía una jugosa manzana con fruición. El viajero hacía leves gestos con la mano en dirección a los bandidos, y este movimiento sutil reanudaba la tétrica función teatral con un nuevo giro imprevisto. Korben hubiera reconocido el estilo inconfundible de Erevan incluso aunque no fuera físicamente idéntico a cuando tenía cuatro años. El eladrin se había convertido en un joven apuesto de 25 años, a pesar de que su cabello era totalmente blanco. Korben había pensado hasta entonces que él era el único menor de 30 años del mundo con el cabello de ese color. ¿Tendría algo que ver con la experiencia traumática que habían compartido? ¿Sería un efecto secundario de haber probado la Lágrima del Sol sin estar preparados? En cualquier caso, Korben se presentó a Erevan, que parecía haberse aburrido de los bandidos y les ordenó matarse unos a otros para concentrarse en el enano que se encontraba frente a él: una montaña de metro y medio, si una montaña puede ser tan pequeña, pero con su misma solidez y determinación; protegido por una cota de malla y armado con un martillo de mano y media. Un medallón de Amaunator colgaba de su cuello. Aquello tranquilizó a Erevan, pues los clérigos del dios del Sol podían ser intransigentes, pero su alma era bondadosa. Sin dar rodeos, Korben explicó a Erevan lo que sabía de Tharizdun, Elminster y Cogul Miles, y le ofreció la gema como prueba. Korben confiaba que la gema ayudaría a Erevan a recuperar su memoria perdida. Aquello despertó la curiosidad de Erevan, pues todos aquellos eventos había ocurrido, supuestamente, durante los primeros cuatro años de su vida; aquellos de los que no recordaba nada en absoluto. Pero claro está, no iba a tocar una misteriosa gema negra con un brillo fantasmal en su interior para comprobarlo. Al menos, no inmediatamente. Al cabo de media hora, Erevan examinaba la gema con atención, dándole vueltas ansiosamente entre sus dedos. Entonces tuvo las siete visiones en las que Cogul Miles recuperaba 325 gemas idénticas a aquella, y recuperó la memoria. Juntos, se dispusieron a encontrar a sus dos hermanos perdidos.



La inaudita pareja se encontró días después en la villa de Fallcrest, en el valle de Nentir, al noreste del reino de Cormyr. Seguían la pista de un gigante salvaje Uthgardt que había sido visto a lo largo del Camino del Este, dejando un regero de narices rotas y articulaciones dislocadas por todas las taberas de la región. Korben y Erevan entraron en la taberna del Unicornio de Plata, donde se vivía un ambiente animado: un grupo de mercenarios reclamaba canciones a un bardo itinerante, mientras algunos Dragones Púrpura de Cormyr aplaudían al artista; algunos mozos del mercado de carne descansaban en la barra; y los camareros corrían de un lado a otro sirviendo cerveza de malta. Pero ninguno llamaba la atención más que un gigante de dos metros y ciento veinte kilos, que bebía jarras de cerveza de medio litro como si fueran sorbitos de agua. Un camarero le servía a él exclusivamente, porque el gigante reclamaba su atención cada pocos segundos para pedir otra jarra. El gigante se había bebido lo que quedaba de la cerveza de malta, y los camareros comenzaron a servir cerveza de cebada. Los mozos no estaban contentos y comenzaron a insultar al gigante entre murmullos. Pero estaban muy borrachos, y algunos se envalentonaron, y se acercaron al gigante con cara de pocos amigos. "Eh, tú, si tienes tanto dinero para pagar toda esa cerveza, podrías invitar a una ronda." El gigante no se inmutó y bebió otra jarra de un sorbo. Uno de los mozos le golpeó en el hombro y le repitió su reclamación. El gigante, que no era otro que Tanar, claro está, aplastó la cabeza del mozo contra la barra, destrozándole la nariz. Los amigos del pobre infeliz se levantaron de sus taburetes y se dispusieron a pelear. Para entonces, Tanar ya se había levantado y se giraba hacia ellos, clavándoles sus profundos ojos negros. Los mozos dudaron al ver la mirada salvaje del Uthgardt, llena de furia y poder. Pero ya era tarde, a Tanar no le gustaba beber rodeado de una multitud hostil. Prefería beber rodeado de una multitud con todos los huesos rotos. Tanar cargó como un búfalo, lanzando por los aires a los mozos, y comenzó una danza aterradora de puñetazos en la nariz, patadas en el vientre, bofetadas con la mano abierta, derribos con el interior del codo, las rodillas y los hombros. Korben tuvo que admitir que era todo un espectáculo. Tanar era capaz de mantener a media docena de hombres en el suelo, sin esfuerzo aparente. Erevan no pudo disfrutar de la pelea, a esas alturas ya se encontraba en una cómoda habitación del segundo piso, dándose un merecido baño de sales. Los Dragones Púrpura reaccionaron a los pocos segundos y enarbolaron sus alabardas. A Tanar le pareció que la segunda ronda de la pelea le iba a ser desfavorable y alcanzó el hacha de batalla que tenía apoyada contra la barra. Pasando su arma de metro ochenta de una mano a otra, se dispuso a combatir. Pero entonces la estancia se iluminó de súbito con un fulgor sobrenatural, y todas las miradas se volvieron hacia Korben, que invocaba el sagrado nombre de Amaunator sobre una mesa. Aunque la diplomacia no era su punto fuerte, Korben consiguió calmar a los Dragones Púrpura prometiéndoles que pagaría los desperfectos, y destacando que nadie había sido herido de gravedad, por el momento. Los guardias se tranquilizaron al ver que Tanar bajaba su hacha y salía de la taberna. Korben se giró triunfante hacia el Uthgardt y se sintió algo ridículo al ver que el gigante ya no estaba en la sala. Corrió detrás de él y le abordó junto a una plaza cercana. Korben quiso repetir la estrategia que usó con Erevan, pero no funcionó. Tanar no era tan sofisticado como el Eladrin, y su nivel de curiosidad era comparable a la de una piedra pómez. En resumen, Tanar se cruzó de brazos cuando Korben le ofreció la gema de Tharizdun, y dijo: "Olvídalo." Erevan apareció entonces para salvar el día. Se dirigió a Tanar usando las palabras más simples que se le ocurrían (cosa que no le resultó fácil) y le explicó que todavía tenían que encontrar a otra persona, que tampoco sabía nada de ellos, que seguramente tendría menos interés que él en tocar la gema, y que eso le demostraría que la gema era inofensiva. Tanar necesitó un par de minutos para procesar tanta información, y no se sabe si le convenció el argumento de Erevan, o más bien quedó tan aturdido que no supo negarse a seguirles.

Siguiendo las indicaciones de Korben, el trío se encaminó hacia el circo situado en las afueras de la ciudad. Pero Bastet no se encontraba allí en ese momento. Al parecer, cada noche salía para dedicarse a su trabajo nocturno. Korben y Erevan pensaron inmediatamente que su amiga de la infancia se ganaba un sobresueldo ejerciendo de meretriz, y volvieron a la ciudad, al callejón donde "solía esperar trabajo". Antes de entrar en el callejón escucharon voces, y por prudencia, decidieron escalar a los tejados y observar sin ser detectados. Fácil de decir, difícil de cumplir, sobre todo cuando uno es un enano blindado con una cota de malla. Con la ayuda de Tanar, Korben consiguió escalar a los tejados y mantener el equilibrio de forma un tanto precaria. La escena que se desarrollaba bajo ellos no era la esperada. Un grupo de humanos compraba loto negro a un enorme draconiano de dos metros y medio. El intercambio fue interrumpido por un carraspeo en la entrada del callejón, y allí estaba Bastet, vestida con una fina armadura de cuero, jugando con una daga como si fuera una pluma de ganso, y calzada con sandalias de bailarina. Tanar emitió un gruñido de aprobación y Korben casi se cae del tejado, de nuevo. Bastet ofreció a los compradores una salida airosa del callejón, pues su objetivo era el vendedor draconiano. Pero todos alimentaron la fantasía de darle unos cuantos mamporros a una niñata engreída. Se lanzaron hacia ella desenvainando sus espadas cortas y Bastet respondió corriendo de cabeza hacia ellos. Un metro antes del choque, Bastet saltó sobre la rodilla del primer humano, dio una voltereta con tirabuzón y cayó al otro lado del grupo. Nadie vio exactamente cómo, pero todos los humanos cayeron al suelo, desangrándose con pequeños y profundos cortes en brazos y hombros. Todos corrieron sin mirar atrás, tambaleándose y cubriéndose las heridas.

El draconiano se rio de Bastet con su voz metálica. Iba blindado de pies a cabeza con una coraza de tres milímetros y pronto desenfundó una enorme maza cubierta de púas. Bastet esquivaba cada golpe con destreza, lanzando estocadas aquí y allá, que no parecían hacer mella en el draconiano.

Tanar dijo: "No conseguirá atravesar esa armadura con una daga."

Un segundo después, con un bostezo, Bastet saltó sobre la cabeza del draconiano y cayó a su espalda. El draconiano se desplomó con una daga clavada en la garganta.

Tanar dijo estoicamente: "O sí."

Korben volvió a perder momentáneamente el equilibrio y Bastet lanzó una daga hacia el tejado a una velocidad endiablada. La daga iba directamente hacia el cuello de Korben. Tanar interceptó la daga con su hacha, que rebotó hacia las tejas, inofensiva. Sacando otra daga de su funda, Bastet dijo: "Esa daga llevaba el nombre del enano, pero ésta tiene el tuyo." Korben alzó los brazos y suplicó un momento de calma, cosa que desconcertó a Bastet, pues ahora que veía la escena con más calma, era ciertamente extravagante: un Uthgardt, un Eladrin y un clérigo enano subidos a un tejado siguiendo los pasos de una asesina de criminales aficionada.

Media hora más tarde, en la habitación que había alquilado Erevan, Bastet reflexionaba sobre la historia de Korben, rodeada por la extraña compañía. Tal y como le pasó a Erevan, era extraño que aquel enano le hablara de hechos ocurridos durante su época de amnesia; algo que no había confesado nunca a nadie. Más de una vez, se había convencido de que su ausencia de memoria se debía a que había comenzado a almacenar recuerdos a partir de los cinco años, algo que no era inusual. Pero siempre había sentido una pérdida al intentar recordar su infancia; una desagradable sensación de olvido.

Bastet pidió más tiempo para pensarlo, y bajó a la taberna para reflexionar, mientras el grupo se iba a dormir. Horas más tarde, sin haberse decidido, Bastet subió al segundo piso, y encontró la puerta de la habitación donde dormían sus tres supuestos amigos, entreabierta (ella había reservado una habitación para ella sola, al final del pasillo). Un fulgor púrpura salía de la estancia. Bastet irrumpió en la habitación y vio a cuatro figuras encapuchadas. Tres de ellas se disponían a asesinar a Korben, Erevan y Tanar, que yacían inmóviles en la cama, aunque Tanar tenía los ojos abiertos como platos, llenos de furia e impotencia. La cuarta figura tenía los brazos extendidos, de los cuales se proyectaba un aura púrpura que envolvía los cuerpos indefensos de los héroes. Bastet lanzó dos dagas simultáneamente, matando en el acto a dos de los encapuchados. Luego saltó sobre el tercero, clavándole otra daga en el corazón.

Fuego de Alquimista

El cuarto encapuchado interrumpió su hechizo de parálisis para intentar defenderse, y Tanar, liberado, le agarró del cuello y se lo partió como si fuera una nuez. Korben gritó: "¡Le necesitábamos vivo para interrogarle!" Pero ya era demasiado tarde. Tanar no tenía interés por lo que Korben pudiera decir, sólo le interesaba una cosa, Bastet. Se acercó a ella con paso solemne y le dijo: "Has salvado mi vida, y yo no te abandonaré hasta que salve la tuya. No me importa lo que pienses al respecto, así que ahórrate tus palabras."

Bastet accedió a que Korben dejase la gema en su habitación durante la noche. Incapaz de dormir, sin quitarle el ojo de encima, Bastet la cogió entre sus manos finalmente. Y tuvo las siete visiones, y gritó de terror. Segundos después Tanar entró en la habitación y le arrancó la gema de los dedos. Tanar se quedó traspuesto y cayó inconsciente. La gema rodó por el piso y Bastet la recogió. Korben entró entonces en la habitación y miró gravemente a Bastet, que asintió.



Al día siguiente, el grupo discutía qué debían hacer. Korben les comunicó las últimas palabras de Elminster antes de morir a manos de Cogul Miles: "La Última Gema os guiará
cuando el Dios Oscuro dé un nuevo paso hacia su liberación. Ocurrirá de forma natural, aparentemente fortuita, siempre que vuestro deseo de detenerle sea firme."

Se sentían perdidos, y comenzaban a comprender las consecuencias de la muerte de Elminster. No sabían cuánto tiempo debería haber durado su instrucción, pero era seguro que Elminster no había podido explicarles todo lo que debían saber. Y habían pasado 24 años, y Cogul ya poseía 325 gemas. ¿Cuántas había en total? ¿Para qué servían? No sabían la respuesta a ninguna de aquellas preguntas.

Erevan propuso dirigirse a Myth Drannor, su lugar de nacimiento, donde había muchos sabios que podrían guiarles. El grupo estuvo de acuerdo y la pared sur de la tabera explotó en pedazos. Una horda de goblins saltó hacia el interior a través de la brecha, gritando como condenados. En breves segundos habían rodeado a los héroes y habían dejado a Tanar y Bastet inconscientes con estocadas de sus lanzas.
Erevan destruyó la mente de media docena de goblins en unos instantes y Korben invocó el poder de Amaunator, lanzando en todas direcciones al grupo principal de goblins, devolviendo la consciencia a sus dos compañeros caídos. Sacando fuerzas de flaqueza, Tanar y Bastet se levantaron y presentaron batalla a los dos guerreros goblin que lideraban el asalto. Desde la retarguardia, un hechicero goblin intentaba cegar a Tanar con hechizos de maldición, pero su fuerza de voluntad Uthgardt demostró no ser fácil de doblegar. En el fragor de la batalla, Bastet escuchó a un goblin gritando desde otra sala de la taberna: "¡Lo tengo, vámonos!" Tanar interceptó al goblin que intentaba huir y recuperó una daga en forma de cuerno que había sacado de la sala contigua. Todos los enemigos habían sido derrotados, y Bastet descubrió una nota escrita en goblin en el bolsillo del hechicero: "Recupera el totem, sin él será muy difícil resucitar al Rey Ogro. ¡No falles!" Nadie del grupo entendía nada. ¿Qué tenía que ver aquello con su misión? ¿Acaso la gema no debía guiarles hacia Cogul Miles?

Entonces Erevan pronunció unas
enigmáticas palabras: "Algo va mal. No percibo el Feywild en este lugar. Todos los lugares del mundo tienen su espejo en el Feywild, y los Eladrin podemos sentirlo, aunque no siempre podamos verlo con claridad. Por eso es difícil engañar nuestra mente. Y esta taberna es idéntica a la que visitamos ayer, pero aquélla tenía su espejo en el Feywild: un estanque donde bebían dos ciervos. Ahora no percibo el estanque, ni a las bestias. No percibo nada..."